El tsunami de barro tóxico, el mayor desastre medioambiental de Brasil

El congelador que Vanda Lopes Rosa guarda con celo en su casa no da abasto. Las bellas capturas de tilapia, dorada y bagre se acumulan dentro del electrodoméstico, pese a que su pescadería doméstica —situada en una humilde estructura de ladrillo a orillas del río Dulce— atrajo durante años a cocineros de restaurantes y comerciantes de todo el municipio de Baixo Guandú, en el estado de Espíritu Santo (sudeste de Brasil). “Estamos desesperados. Hace días que los peces mueren en el río. ¿Qué vamos a comer ahora? ¿Cómo vamos a sobrevivir económicamente? Nadie quiere comprar nuestro pescado tóxico y aquí no hay empleo para nadie”, lamenta esta fornida brasileña de 43 años.

Como en decenas de localidades erigidas a lo largo del cauce del río Dulce, las redes en el modesto barrio de Mascarenhas ya no son desplegadas y los grifos han dejado de suministrar agua. Días después de la ruptura de una gigantesca presa de residuos de mineral de hierro el pasado 5 de noviembre en la localidad de Mariana —un accidente ocurrido casi 500 kilómetros río arriba—, las aguas quedaron teñidas de un color ocre oscuro. El cauce está contaminado con elementos tóxicos y metales pesados como el arsénico. Una polución perceptible por el hedor que desprende el agua y por los cientos de especies que yacen muertas en las orillas: ante la agonía provocada por la falta de oxígeno producto de la polución, gambas y pacamaos optan por salir de su medio natural y morir en tierra, bajo un sol abrasador.

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