El enigma de la tumba de Allan Poe

Cada 19 de enero durante siete décadas, entre la medianoche y las cinco de la mañana, un hombre con abrigo largo y un bastón de empuñadura dorada dejaba tres rosas y una botella de coñac a la mitad junto a la tumba de Edgar Allan Poe en Baltimore. Los pocos que lo vieron de lejos en ese cementerio de una antigua iglesia dicen que se tapaba la cara con un sombrero y una bufanda blanca.

Hace cinco años desapareció. Su rito coincidía con el día del nacimiento del escritor. Su nombre sigue siendo todavía un misterio. La única persona que dijo saber la identidad del visitante murió sin revelar el secreto.

En 1983, el ex director de la casa Museo de Poe en Baltimore, Jeff Jerome, empezó a organizar discretas vigilias para acompañar al visitante misterioso y demostrar que no era él. El grupo esperaba, pero no se acercaba al hombre. «Lo observaban, pero no querían intimidarlo, mantenían la distancia.

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