El Sínodo del Terror: El juicio que celebró un Papa al cadáver de quien fue su antecesor

En pocos episodios quedó más patente la teatral oscuridad de la Alta Edad Media como en el llamado Sínodo del Terror, también nombrado como el Concilio Cadavérico. Si bien es habitual sacar a la luz los trapos sucios y los excesos de los antecesores en el cargo, el Papa Esteban VI llegó hasta el extremo esta práctica al desenterrar el cadáver del que antes que él ocupó la Silla de San Pedro. Poco pudo hacer el cadáver putrefacto del Papa Formoso –que asistió al proceso judicial ataviado con los honores de cualquier pontífice sin decir una sola palabra, como es costumbre entre los muertos– para evitar que fuera declarada inválido su papado y se anularan todas sus ordenaciones.

La Italia del siglo IX era capaz de ese espectáculo macabro y de otros muchos de esa clase. El Papa Formoso había accedido al trono de San Pedro en medio de las luchas intestinas entre los emperadores del Sacro Imperio Romano y pagó muy caro haber tomado partido por la causa de uno de ellos. Formoso fue obispo de Porto, bajo el mandato del Papa Nicolás I, y desarrolló una importante labor evangelizadora en lo que actualmente es Bulgaria. Su fama de hombre recto y austero –el biógrafo Nicolás I lo menciona como «obispo de gran santidad y ejemplares costumbres»– le impulsó hacia el sillón romano en el año 891. Sin embargo, no solo heredó la tiara papal, también la problemática relación que desde hace siglos mantenían con Roma los aspirantes a reinar en el Imperio germánico. La alta mortalidad de los Papas en esa época (en diez años se sucedieron once pontífices) atestigua hasta qué punto se jugaba el cuello el árbitro de aquellas luchas.

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