Una capilla sixtina por descubrir a espaldas de la Gran Vía

Una silenciosa mueca de asombro define los rostros de quienes contemplan las pinturas murales de la iglesia de San Antonio de los Alemanes; un enorme manto, con sensación de infinidad, que se extiende circularmente desde la base del templo hasta la bóveda. La elevada consideración sobre esta suerte de capilla sixtina, inadvertida en el centro de Madrid, contrasta con la modesta apariencia del templo en su cara exterior, de ladrillo visto y granito, síntesis de los problemas económicos de la España de Felipe IV.

Ajena la iglesia al paisaje urbano en el que se ubica, fue construida entre 1624 y 1632 por la institución de San Antonio de los Portugueses –su nombre original– con la función añadida de hospital para moribundos y desamparados. No tomó su denominación actual hasta la independencia de Portugal, en 1668, cuando cambió su apellido por la cesión que hizo la reina consorte, Mariana de Austria, a los alemanes católicos de la Corte. Después, en 1705, el nuevo rey, Felipe V, hizo lo propio con la Hermandad del Refugio, quien hoy mantiene intacta su labor.

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