Trajano, el emperador español que recuperó la perversión sexual más execrable de los griegos

Frente a la sucesión interminable de emperadores incompetentes e incluso dementes, se hizo costumbre desear con la muerte de cada princeps la llegada de un sucesor que fuera «mejor» (melior) que Marco Ulpio Trajano, como sinónimo de un dirigente digno de admiración, «el Optimus Princeps». Según la costumbre popular solo el primero, César Augusto, había sido mejor que el español Trajano, nacido en la ciudad romana de Itálica (junto a la actual Sevilla), al que incluso se le perdonó su censurable inclinación sexual por niños y adolescentes. Trajano fue el último gran conquistador romano, y el primer emperador nacido en Hispania.
Hispania (nombre del que deriva la palabra moderna España, aunque entonces solo fuera una designación geográfica) fue pionera en muchas cuestiones dentro de la República Romana y después en el Imperio. «Tú, Francia, fuiste sujeta por Césare, antes de tres años, Hispania lo fue por Catones, Escipiones, Sertorios, Pompeyos y Césares no antes de 200», recordó el escritor Juan Pablo Mártir como síntesis del paso de Roma por la Península Ibérica, en el contexto de un enfrentamiento dialéctico con Francia en 1626. Hispania fue uno de los primeros territorios de ultramar en los que Roma puso sus ojos, pero uno de los que más tiempo tardó en someter completamente. Fue, además, el lugar de nacimiento del primer cónsul nacido fuera de Italia, el gaditano Lucio Cornelio Balbo –amigo personal del emperador Augusto–, y de tres emperadores. Salvo Claudio, que nació de forma casual en la provincia de la Galia, ningún emperador había alcanzado la cabeza de Roma habiendo nacido fuera de Italia hasta la llegada de Trajano.

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