Pablo de Olavide, el renovador de Sevilla

Sevilla se topó a finales del siglo XVIII con uno de los gobernantes más célebres y recordados de su historia, el asistente Pablo de Olavide y Jáuregui. Del gusto de Carlos III, este prohombre de la Ilustración sacudió la ciudad de arraigadas prácticas como los monopolios gremiales, el contrabando o los fraudes al erario. Pero su nombre trascenderá por los innumerables cambios urbanísticos a los que somete a la ciudad, muchos reflejados en el célebre plano de Olavide.

Del mismo modo que el barón Haussmann es recordado, de forma ambivalente, como el hombre que destruyó París o el hombre que creó el París moderno, el asistente Olavide se ganó a pulso su fama de renovador de Sevilla. Y no solo fisonómicamente. Desde que el rey Carlos III lo nombra Asistente e Intendente del Ejército en Andalucía, un 21 de junio de 1767, Olavide se enfrenta a la reforma universitaria y docente, trata de articular la libertad de comercio, regula la navegación del río, propone una reforma agraria e implanta un sistema de beneficiencia municipal. Algo que consigue en sus primeros años de mandato.

Su naturaleza de nacido fuera de Sevilla, concretamente en Lima, Perú, y de haberse formado junto a la alta burguesía europea hacen que Olavide acometa con mano firme reformas de cuestiones consideradas intocables amparadas por la tradición que escondían tras de sí fraude y desigualdades.

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