El jardín de las delicias de Monet en Normandía

Cerramos esta serie dedicada a los paisajes del arte con el paisaje artístico por excelencia, el sueño de todo artista: crear un edén con la única intención de pintarlo, de inmortalizar en el lienzo el paso del tiempo, los efectos de la luz a cada hora del día y sus reflejos en el agua.Claude Monet lo consiguió. En 1883 alquiló una casa en Giverny (Normandía), que acabó adquiriendo en 1890. Allí se instaló con su segunda mujer, Alice Hoschedé, y sus ocho hijos. Tres años después compró el terreno anexo a la vivienda para crear su propio paraíso particular: un idílico jardín de 15 hectáreas plagado de un centenar de especies de flores y árboles exóticos, con un puente japonés –amaba el arte oriental– y un estanque de nenúfares.«Mi más bella obra maestra es mi jardín», decía.

En realidad, es la obra de arte total. Monet se pasó los últimos cuarenta años de su vida retratando ese estanque acuático obsesivamente, sin cielo ni horizonte, en todo tipo de formatos: cuadrados, redondos... hasta llegar a los frisos panorámicos que hoy cuelgan en las dos salas de L’Orangerie en París, que André Masson consideraba la Capilla Sixtina del impresionismo. No siempre fue así. Durante años fue ninguneada por crítica y público.

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