San Isidoro de Sevilla y la razón de llevar la alianza «en el cuarto dedo»

Cuenta una leyenda que el senador romano Paulo usaba en su dedo anular un camafeo con el perfil del emperador Tiberio Augusto y que cierto día durante una comida se vio obligado a ausentarse unos minutos por una necesidad fisiológica inaplazable. Al ágape asistía un tal Macrón, un delator famoso que vigilaba cualquier falta de lealtad hacia el emperador, y que vio en esta ausencia la oportunidad de acusar al senador de haber llevado el anillo con el retrato de Tiberio Augusto a un lugar inmundo. Ya iban a desfilar los comensales a dar parte al emperador, cuando un esclavo de Paulo que había tenido la precaución de retirar el anillo a su amo, lo mostró a la concurrencia, poniendo a salvo la vida y los bienes del senador romano.

La historia, que recogía la revista «Alrededor del Mundo» en 1906, muestra cómo en la antigüedad el anillo parecía ser una prolongación de la personalidad. «Dar el anillo era como darse en persona, y de ahí nació el uso de las sortijas de matrimonio», afirmaba la publicación que describía cómo las primeras fueron dobles, con dos chatones o dos piedras idénticas y unidas por un enlace de oro o una sencilla soldadura y «de ahí surgieron más tarde las sortijas llamadas "alianzas", que se llevan comúnmente en el cuarto dedo».

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